
Parece que durante los últimos días el debate no se está centrando en el equipo o el entrenador (bueno, sí, sobre el entrenador sí, pero a eso ya estamos acostumbrados), sino sobre la actual actitud de un protagonista que ha sido clave para el surgir y el resurgir del baloncesto cacereño: la grada. La pitada del otro día ante el Clínicas fue un momento paradigmático, no miremos hacia otro lado.
Es francamente resbaladizo hablar de la afición. Más bien lo es hablar mal, sobre todo después de tantos y tantos años hablando maravillas, diciendo que era la mejor de España y tal, la "Salónica" de la ACB y todas esas zarandajas que nos inventamos en la prensa y que seguramente respondían a una poderosa realidad. Ahora ya no. Si hay algo en lo que ya estamos todos de acuerdo es que ya no somos (sois) la mejor afición de España.
Pero lo peligroso, ahora que me doy cuenta, no es hablar mal, sino más bien generalizar. Porque más que tener una afición, hemos pasado a tener aficionados, cada uno de su padre y de su madre, con sus opiniones, sus actitudes, sus filias y (oh) sus fobias. Así es que cualquier cosa que se diga en general de la afición a mí ya no me vale demasiado. Simplemente hay espectadores que acuden a presenciar partidos y cada uno lleva en su mochilita una vida y una forma de ver las cosas. La foto del gran Rufino en el periódico de hoy lo ilustra: unos agitan el "A pie de pista", otros siguen sentados.
Así es que sería injusto meter en el mismo saco al que anima todo el partido y al final aplaude, sea cual sea el desenlace; al que está callado y observa, comenta con naturalidad lo bueno y lo malo de las jugadas con el compañero de asiento aunque no le conozca de nada; al que cree que podría hacerlo mejor que los tipos de la cancha y el tipo del banquillo; al que está callado y tranquilo siempre y cuando se va sigue con su vida normal y al que, finalmente, está deseando que las cosas se salgan de madre para poder expresar su furia, ya sea contra los árbitros, los rivales o, como últimamente, el propio equipo de casa.
Es lo que hay. Antes se podía teorizar en general sobre lo que me dio un día por llamar "los fieles a la religión verdinegra" (las primeras cosas que escribí en serio eran las crónicas de ambiente de los partidos de la temporada del ascenso) y ahora ya no, ya no. No hay nada que caracterice globalmente a los que pagan su entrada o su abono y se sientan en esas butacas verdes: tan injusto es decir que es animosa y va a muerte con el equipo como que es desagradecida y feroz. Se ha dejado de ser una masa para afrontar una profunda atomización en la que, en la apoteosis del liberalismo, cada uno tiene que tener su pequeña actitud propia, su pequeña filosofía de cómo ve al Cáceres 2016, cada uno forma una mini-peña de un componente.
Es, lamentablemente, el problema: no ir todos a una, permitir que la individualidad devore al colectivo, no sentir que el Multiusos sea un templo al que se acude cada dos semanas en la búsqueda de un valor profundo. Justo lo que muchas veces le reprochamos al equipo nos pasa a los que deberíamos ser más Cáceres 2016 que ellos.
Estoy en contra del pensamiento único, de intentar imponer que todos tengamos que percibir las cosas de la misma manera. ¡Qué aburrido sería todo! Además, en cierto modo en 1992 también había partidarios o bien de De Pablos o bien de Romero; gente que pensaba que Okac era un torpón y que Fariñas nada más que vendía humo dentro de ese particular paroxismo en la banda. Pero había una sensación de unidad, de que las canastas del rival nos las metían a todos y que eran culpa de todos, no sólo de los que estaban en el parquet.
Eso se prolongó durante mucho tiempo, pero hubo un momento en que nos despistamos y todo cambió, se produjo un cansancio en los últimos años en ACB --en los que el ambiente era prácticamente igual que el de ahora-- del que pensamos que nos habíamos curado, repuesto, escarmentado. Y no es así. La autodestrucción es a veces tan tentadora... sobre todo cuando algo que debería ser colectivo, se articula individuo a individuo.